Aurelio Suárez
La avalancha de dólares sobre
Colombia en el último quinquenio responde a la decisión de poner al capital
extranjero como variable principal del modelo de crecimiento. La cuenta de
capital suma, desde 2008 hasta junio de 2013, cerca de 70.000 millones de
dólares. En total, entre 2001 y 2012, la inversión foránea creció 522%.
La fórmula oficial para contrarrestar
los efectos dañinos de este alud, en especial sobre el agro y la industria, fue
la “intervención” del Banco de la República en el mercado cambiario, comprando
dólares. Se suponía suficiente para mantener una tasa de cambio competitiva y
para lograrlo, entre 2010 y septiembre de 2013, se compraron 17.691 millones de
dólares. En esa operación, el banco ha tenido pérdidas acumuladas en los
últimos tres años, y hasta el pasado mes de agosto, por más de $ 2,5 billones,
y ha sido “ineficiente”, en tanto la tasa de cambio sigue revaluada. En 2010,
el promedio anual fue $ 1.897 y, por ahora, en 2013, es de $ 1.880.
Podría decirse que si Banrepública no
traslada, como era usual, sus utilidades al Gobierno central y, antes bien, causa
menoscabo a las finanzas públicas, se valida tal intervención en aras de las
metas propuestas; que es explicable la pérdida por la diferencia en el cambio y
que las reservas internacionales, entre 2008 y el primer semestre de 2013,
pasaron de 22.130 millones de dólares a 40.817 millones, casi el doble. El
análisis se complica cuando se nota que los pasivos del banco, entre diciembre
de 2010 y agosto de 2013, crecieron más del 46%, al pasar de $ 54,8 billones a
$ 79,35, más de $ 25 billones en 32 meses.
¿Cómo explicar tan insólita elevación
de obligaciones? De un lado, la base monetaria ha crecido cerca del 10 %, lo
cual justifica una porción, pero del otro se detecta el incremento de los
llamados TES de control monetario. ¿En qué consisten? En que a un agente que
trae dólares, para no darle efectivo por los efectos inflacionarios que podría
implicar, se le cambia por unos “depósitos remunerados” (como se clasifican en
el balance) por los que recibe el 5% de interés. Es decir, quien trae los
dólares puede tener como propósito previo prestárselos al banco, un negocio que
sale redondo.
Y no son solo las divisas para el
sector minero-energético, ni las remesas que envían los colombianos desde el
exterior a sus hogares. Los afluentes incluyen capitales especulativos de corto
plazo, inversiones de portafolio y préstamos comerciales, traídos a bajas tasas
de interés y prestados en el interior a tarifas hasta de más del 25%. Sumados
rebasan, desde 2010 hasta septiembre de 2013, los 15.000 millones de dólares.
Tampoco puede descartarse el lavado
de activos, y peor aún si –tal como lo fijó la pasada reforma tributaria– el
impuesto a los intereses ganados por los capitales venidos desde afuera e
invertidos en TES bajó del 33 al 14%, algo no corregido con el decreto de
“paraísos fiscales” en casos como Panamá, Delaware, Luxemburgo y Curazao, entre
otros.
Este ‘con el pecado y sin el género’
es un ejemplo clásico de privatización de ganancias y socialización de
pérdidas. Al final, los exportadores en términos reales poco o nada han
conseguido, y el gran ganador es el sector que acarrea dólares, el cual
arrodilló al Banco de la República.

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