pachotorresm@gmail.com
Insuperables en su arte burlesco los histriones de la Unidad
Nacional. Empezando porque no representan la unidad ni mucho menos la
nacionalidad, sino exactamente lo contrario, la entronización de una ínfima capa
que parasita a Colombia para servicio y mayor felicidad de los monopolios
extranjeros, principalmente gringos. Ah, y del propio interés. Y terminando,
por el momentico, con la puesta en escena de la obra titulada Reforma
Tributaria, en la cual burlan a los colombianos en las dos acepciones. Los
engañan y se ríen de ellos al mismo tiempo. Como es en toda su extensión la
burla.
Santos, los ojos abotargados, impecable el vestido,
indespeinable, con un penoso gagueo, les jura a sus compatriotas que no
aumentará los impuestos. En ese momento no, pero después, elegido ya, debió
parecerle muy simpática, quizá hilarante, la maniobra de marketing –de ese modo
se llama a un engaño comercial, un pecadillo blanco- que con otras le ayudaron
a conquistar el solio presidencial. Y ahora, aprobada la reforma tributaria,
pues para morirse de la risa después de repetir y repetir expresiones
efectistas tales como lloraran los ricos, pagarán los más ricos, reforma
neutra, salvaguardados el SENA y el ICBF, entre otras linduras.
No habría teatro con un solo actor. Así sea Santos. El
aburrimiento de un extenso monólogo dejaría adivinar a los espectadores la
trama de la burla. Por eso se requieren más artistas sobre las tablas. El
Ministro de Hacienda, el brillantísimo doctor Cárdenas, apoyándose en la irrefutable
autoridad de ser autoridad ideológica
del neoliberalismo –que pena que su doctrina haya llevado al mundo a una crisis
que comenzó hace cinco años y no tiene cara de terminar-. El presidente del
Senado, el irisado, camaleonesco, maestro de la mímesis y el transformismo, el
doctor Roy Barrera, al cual únicamente se le podría creer lo que no dijo ni
pensó. Acompañados de la variada fauna de las bancadas de la Unidad Nacional
compitiendo en pequeñas astucias para asegurar algunos trozos del festín sin
que se les note mucho la canina hambre burocrática.
También se requiere una claque, un grupo de gente paga que
distribuida sabiamente entre el público se desuelle las manos de tanto aplaudir
a los histriones. Para eso están los grandes medios de comunicación.
La función, toda luces sobre la tragicomedia, toda resonancia
de vanas promesas, también se encarga, como en una obra de títeres, y vaya que
sí lo es, de ocultarnos a quienes mueven los hilos ocultos, los cacaos –que
sólo se dignan a darnos a conocer sus profecías por medio de sus médiums de los
gremios o de los tanques de pensamiento-, los megamultimillonarios extranjeros
y el gobierno norteamericano.
Sólo falta la última escena y si en el teatro clásico por
pudor las matanzas sucedían dentro de los palacios y sólo sabemos de ellas por los
gritos y la sangre que fluye hacia los tablados, en este teatro oligárquico,
neoliberal y santista, por profunda hipocresía, las últimas masacres se hacen
ocultas al público en el recinto fatal de las comisiones de conciliación, de
las cuales tendremos cumplidas noticias como las tuvimos en la reforma a la
justicia.
En este teatro negro donde nada es lo que aparenta ser,
cuánta falta hace algo de luz, así sea escasa, alguna palabra de verdad, así
sea atropellada y aplastada por aludes de ventripotentes congresistas que juran
y perjuran que todo lo hacen por amor a su pueblo.
Para no dejar que al atropello se sume la risa hiriente, para
no permitir que los burladores naveguen a todo vapor –la burla aspira a ser
otra locomotora- tenemos un puñado de hombres y mujeres del POLO que en el
congreso, acompañados por cientos de miles en las calles, han batallado
incansablemente la chacota de los burladores.
Y no dejar que se consume el engaño completo es un triunfo en
cuanto semilla de futuro. Por eso, en sus maniobras arteras, rebelan los
actores de la obra una verdad, su odio hacia el único partido de oposición.
Cuánto darían y harían –de hecho cuanto no han hecho- para que no existiera.

0 comentarios:
Publicar un comentario